
Considerado uno de los mayores extravagantes de la historia, el propio Salvador Dalí pensaba que la excentricidad era la marca inconfundible del genio. Viajaba adentro de un Rolls Royce, en cuyo asiento trasero llevaba cientos de coliflores. Se presentó a dictar una conferencia en la Sorbona vestido con un traje de buzo. Fueron famosas sus peculiaridades sexuales, como colocar un par de huevos estrellados en la espalda de una mujer desnuda, antes de hacer el amor. Fue tan rico que llegó a comprar un castillo en Figueras, su ciudad natal. De una u otra forma, la excentricidad fue un elemento clave en su obra, llena de elementos exóticos e innesperados que aun nos desconciertan. Aunados a sus cualidades técnicas, hoy conforman uno de los conjuntos plásticos más notables del siglo xx.
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